sábado, 2 de noviembre de 2013

Faster We Burn - Chelsea M. Cameron

A veces,  el amor de nuestro corazón necesita ser sanado para poder encontrarse con los familiares ojos de un amigo de la infancia..
Julie Porter aprendió por el camino difícil que la confianza es algo que debe ganarse, y no algo que deba tomarse a la ligera. Esos quienes dicen que te aman son los que tienen el poder de hacerte más daño, y los mejores amigos pueden ayudarte a sobrevivir a cualquier cosa… hasta que se marchan. 
Nick Owen sabe una cosa o dos sobre una vida dura. A una temprana edad, Nick aprendió a hacer limonada con los limones que la vida arrojó a su camino. Al regresar a casa después de casi dos años de estar lejos, lo único que a Nick le preocupa es proteger a su madre de las manos abusivas de su padre y ponerse al día con su mejor amiga —La chica que vive al otro lado de la calle, la chica en la que no puede dejar de pensar.
Finalmente, se encuentran después de dos años separados, Nick y Julie están a punto de aprender que esos dos años no hicieron nada para protegerlos de las pruebas de la vida y sus aflicciones, angustia y perdida, pero quizás juntos puedan encontrar una manera de sobrevivir.

Primer Capítulo

1


Traducido por Katita

NICK

Me acerqué de nuevo al Ford Taurus canela del 97 y atrape otra gran caja. Mis ojos se dirigieron a la casa enfrente de la mía y luego cambiaron a de al lado—la casa con el revestimiento descolorido marrón, con destartaladas canaletas y hierba alta en el patio delantero. La casa solía ser de Jules, antes de que me hubieran enviado a vivir con mi tía y tío en el sur de Georgia hasta que mi mamá y papá pudieran resolver sus cosas. Fruncí el ceño ante la idea de cuánto tiempo había estado fuera—dos años.
Le había llevado a mi madre dos años para finalmente patear al hijo de puta de mi padre a la calle y decirme que podía volver a casa. Me alegré de que por fin lo hubiera hecho. Mierda, a quien engañaba, me estaba volviendo loco de éxtasis porque finalmente había visto la luz y se dio cuenta de que ella se merecía algo mejor que alguien que la golpeaba por dejar de comprar cerveza y mantenerla en el puto frigorífico.
Sabía que sólo había pasado cuatro días desde que se había ido, pero cuatro días era mejor que nada.
—¡Es mejor que te des prisa y traigas esa caja en aquí antes de que comience a llover! —gritó mamá desde la puerta principal, sacándome de mis pensamientos. Cambié la caja que había estado conteniendo alrededor de mis brazos y empecé a subir los tres escalones de hormigón que había delante de nuestra puerta—. Esa chica aún vive allí, ¿sabes? Con la que solía jugar cuando eras pequeño.
—Yo no lo llamaría jugar, mamá —me burlé mientras me apretujaba junto a ella a través de la puerta y me movía hacia mi habitación al final del pasillo.
—Bueno, entonces, ¿cómo lo llamarías? —Preguntó ella, siguiéndome.
Dejé la caja en mi doble cama envejecida y me giré hacia ella. Los moretones que mi padre que habían dejado secuela, habían comenzado a desaparecer de su rostro, pero la vista de ellos—del pasado y presente, los suyos y los míos—serían por siempre cicatrices en mi alma.
Jules y yo nunca habíamos jugado juntos. No. Nos habíamos escondido junto de los monstruos en nuestras vidas y habíamos rezado para que no nos encontraran. A pesar de que de niños pequeños hubiéramos sabido lo cruel que podía ser el mundo. Cómo el odio que había en algunos adultos. Tan enfermos y perversos.
—Sobrevivir —le dije y me giré para desempacar mis cosas.

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