sábado, 21 de septiembre de 2013

Por ella. Por él. (Rose Escribe)

17 de Septiembre, en Seattle.

Mis pies se arrastraban por el suelo, sin querer moverse realmente. Mis zapatos estaban destrozados, mis pantalones rotos y cubiertos de mugre, mi camiseta completamente manchada de sangre. Pero no era mi sangre. ¿Por qué no pudo haber sido mi sangre? Mi cabello caía enmarañado sobre mis ojos, como si tratara de evitar que estos, rojos e hinchados, observaran algo que no desearan ver. Como si ya no hubiese visto suficiente.

Cerré mis ojos y detuve mi caminata. Me apoyé de la pared más cercana y me deje caer al suelo de rodillas, metiendo mi cabeza entre ellas y rodeándola con las manos. ¿Por qué? ¿Por qué ella? ¿Por qué no yo? ¿Por qué ese jodido camión no pudo advertirme de que se acercaba? ¿Por qué no estuve más pendiente de la carretera? ¿Por qué no fui mejor conductor? Un sollozo se escapó de mi pecho, y apreté mis brazos a mí alrededor con más fuerza. Si tan solo… Si no hubiese insistido en que me acompañara… Si le hubiese dicho que no… Quizás ella estuviera en casa en estos momentos, tratando de ver por la ventana, esperando el momento en que mi coche apareciera en la entrada de la casa para salir corriendo a recibirme. Entonces yo me bajaría de él con una sonrisa, corriendo también a su encuentro, tomándola en mis brazos y haciéndola girar una y otra vez, solo para escucharla reír y gritar que me detuviese.

Otro sollozo se abrió paso por mi garganta, y luego otro, y otro, hasta que las lágrimas comenzaron a bañar mi rostro y descender hasta mi pecho, mojando mi camiseta ensangrentada. Su sangre… mi sangre… Las personas pasaban a mi lado por el estrecho pasillo del hospital sin detenerse; y no esperaba que lo hicieran. Me sentía solo… abandonado… desdichado… con el peso de la culpa aplastándome. Tal vez por eso nadie se detenía. Tal vez todos pensaban, al igual que yo, que tenía toda la culpa de que ella hubiese muerto. ¿Quién sino yo era el responsable? ¿Quién sino yo la había matado? Apreté mis puños y golpee con fuerza la pared en la cual reposaba mi espalda, sintiéndome como la peor escoria.
Sin embargo, al parecer, no todo el mundo sabía lo que había hecho, puesto que sentí la presencia de un cuerpo que se arrodillaba en el suelo junto a mí. Luego unas manos cálidas acariciaron mi cabello, y me estremecí. La caricia se repetía, una y otra vez, en un ritmo constante. Recordé la vez que murió la abuela de mi padre, cuando estaba en el cementerio observando a las personas llorar. No comprendía por qué razón, cuando recibían alguna muestra de cariño como un abrazo, o una caricia, tal vez una simple sonrisa, se intensificaba su llanto. Creo que ahora entiendo un poco el por qué. Al menos, en mi caso. Recibir amor u atención cuando había hecho algo realmente terrible, me hacía sentir realmente bien. Pero era eso precisamente lo que me hacía sentir peor. ¿Cómo podía sentirme bien después de haberla matado? ¿Cuándo me había vuelto tan cruel, tan despiadado? Comprendí que la razón por la cual las personas lloraban aun más al abrazarse era eso, el amor los hacía sentir tan bien, tan a gusto, que no había fuerza para seguir refrenando las emociones que aprisionábamos dentro. Todo se liberaba. El dolor salía. Por eso había más lágrimas. Por eso ahora mismo, estaba llorando más fuerte. Las manos descendieron de mi cabello a mis brazos, empujando para poder levantar mi rostro.
Cuando alcé la mirada, descubrí que la persona que se había arrodillado a mi lado debía tener mi misma edad. Sus ojos negros y profundos me observaban con un cariño en su mirada que no comprendí, puesto que no nos conocíamos de nada. Nunca en mi vida la había visto, hasta este momento. Me permití observar su cabello, que descubrí era rosa. ¿Extraño, no? Pero sí, era rosa. Debía ser falso, obviamente. Pero a ella se le veía tan real, como si fuera parte de ella… Me sonrió, y sentí los músculos de mi rostro contraerse; supuse que le había devuelto la sonrisa, porque mis sollozos se habían detenido.
— ¿Por qué lloras? —preguntó, aún con su sonrisa.
Su voz era suave y delicada, igual que las facciones de su rostro perfecto. Sus mejillas sonrojadas quedaban curiosamente a la perfección con el tono rosa de su cabello. Sentí que mi sonrisa desaparecía, y tomé una honda respiración.
—No es nada—susurré, sintiéndome avergonzado por lo patosa que sonaba mi voz.
—No me digas, eres la primera persona en el planeta tierra que llora por nada. ¿Eres un extraterrestre o algo así? —Quiso saber.
Suspire, sin ánimos de hacer nada más. Sin embargo, supuse que debería contarle. Aterrarla con la verdad y hacerla huir, alejarse de mí. Después de todo, era un asesino.
—He matado a alguien, a una chica—le dije, enterrando mi rostro entre mis manos para que no notara el dolor y la vergüenza que sentía al decir aquellas palabras en voz alta.
Esperé que saliera corriendo, que gritara “Policía, auxilio, un asesino anda suelto” pero se limitó a seguir allí, sin inmutarse. Un par de minutos después, reuní el valor para observarla de nuevo. Ella estaba observándome fijo, casi sin pestañear. Algo brillaba en sus ojos. Dolor.
— ¿Cómo la has matado? —preguntó.
—Choque el coche donde venía. Yo era el conductor y no fui cuidadoso—susurré.
— ¿Lo has hecho apropósito?
—No.
— ¿Y entonces como es que dices que la has matado, si no ha sido tu culpa? Fue un accidente.
Volví a suspirar, y el movimiento de mi pecho hizo que una lágrima se derramara hasta la comisura de mis labios, donde se detuvo.
—Debí tener más cuidado—dije.
—Si, tal vez debiste. Así como debería ser ilegal la droga, sin embargo se vende. Así como todo el mundo debería apagar el celular en la iglesia, sin embargo nadie lo hace. Todos deberíamos haber hecho algo, sin embargo, no siempre lo hacemos, o no siempre podemos. ¿Crees que de haber tenido más cuidado, ella no hubiese muerto?
Recordé el camión acercándose a toda velocidad, sin avisar, sin hacer el menor ruido. Y entonces un interruptor se accionó en mi cabeza y recordé, que él venía por el carril equivocado.
—No, tal vez no—admití.
Ella sonrió pesarosa.
—Todo pasa por una razón. Los ángeles se están acabando, y dios está necesitando gente que llene sus filas. Tal vez tu chica es un sargento de tropa en estos momentos—dijo.
Sonreí, tratando de imaginar a Cristal con el carácter de un sargento. Con o dulce que era…
—Muy bonita frase—comenté.
—Lo sé. La tomé de mi novio, Michael. O bueno, mi ex—dijo.
— ¿Han roto? —pregunté, mordiéndome la lengua cinco segundos después, esperando que no se enojara por mi intrusión en su vida privada.
—Hace cuatro horas, más o menos—dijo ella.
Y entonces lo supe. Tal vez fue el dolor en sus ojos, la fuerza con la que apretaba sus puños, enterrando sus uñas en la palma de su mano, o quizás fue porque se encontraba en un hospital junto a mí.
—Ha muerto—susurré, agachando nuevamente mi mirada.
Fue su turno de suspirar, y al mirarla nuevamente noté que le estaba costando lo suyo tratar de no llorar.
—Íbamos a celebrar nuestro aniversario de seis meses. Su moto… su moto se había quedado sin frenos, y yo tenía el único casco que poseía. Él me hizo prometer antes de morir que… él… yo… me hizo jurar que no lloraría. Y no lo haré. Cumpliré mi promesa. —dijo.
La observé con verdadera admiración. Era fuerte. De eso no había que dudar. Absorbí por mi nariz, y decidí hacer lo mismo. A Cristal no le gustaría verme sufrir tanto, ¿no?
—No es mi chica—dije.
— ¿Qué?
—La que asesin… la que murió, no es mi chica. Era mi hermanita.
Se quedó en silencio unos segundos, luego me tomó de la mano y tiró hacia arriba, hasta ponerme de pie. Me llevó hasta el final del pasillo, subimos en el ascensor hasta la terraza, y al salir me acercó al borde. El cielo azul brillaba con tal intensidad, que parecía más lejos de mi realidad de lo que esperaba. El día parecía muy feliz para compararlo con lo que estaba sucediendo conmigo.
Por un segundo miré hacia abajo, pensando que tal vez el motivo por el cual estábamos aquí era para morir. Una muerte rápida. Pero me sorprendí cuando la chica del cabello rosa entrelazó sus dedos con los míos, y volvió a suspirar.
—No sé cómo seguir viviendo mi vida, pero lo haré. Se lo debo a él. Viviré por él. Tú deberías hacer lo mismo. Te traje aquí para que observes y te des cuenta lo bella que suele ser la ciudad, la vida, si la miras desde un punto de vista distinto. Quieres morir en estos momentos, ¿Y no te parece que el día está perfecto? El cielo brillando, el calor abrazándote con fuerza, tratando de convencerte de que estarás mejor aquí, vivo, que allá abajo manchado de sangre. El aire te suplica que no saltes. Los pájaros te cantan que hay otra opción: seguir adelante. Y debes seguir adelante. Por ella. Yo lo haré, por él—dijo.
Supe que tenía razón. Y después de todo, yo no quería morir. No realmente. Le di un suave apretón de manos, y susurré:
—Seguiré adelante. Por ella. Lo prometo.

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